Los últimos tres días han sido de vital importancia
para redescubrir un gran problema que invade nuestra sociedad. En este mundo
tan lleno de divergencias, cometemos el error de desfilarnos por el descarrilado
e incierto corredor de las igualdades.
Erróneamente nos detenemos perplejos ante
la incapacidad de crear una ilusión idónea para estimular la creación de esa acción
que nos distinga. Inadvertimos la
maravillosa capacidad humana de inventar, aprender, desarrollarnos como entes
sociales capaces de concebir, transmitir y aprender conceptos totalmente
abstractos. Idealizamos enardecidas quimeras que buscan contrarrestar la más pura
verdad de todas: existe una diferencia.
Todos somos diferentes, incluso esas pequeñas
cosas que nos igualan están acompañadas de unas otras que nos desigualan. Más allá
del Ying y el Yang, mucho más lejos del bien y del mal, todos actuamos de
formas diferentes conjurando aspectos que nos distinguen aún de nuestros seres
más cercanos.
Es el gran error humano de compararnos. De
sobreponer nuestras intimas cualidades, convirtiéndonos en obsoletas victimas y
transeúntes del vejado camino a la equiparación.
Solo basta con detenerse y descubrir que lo
comparado había sido sujeto a comparación por lo contra-comparado, obteniendo
sus propios resultados.

