domingo, 15 de noviembre de 2009

PROHIBIDO

La Real Academia Española define la prohibición de la siguiente manera: Vedar o impedir el uso o ejecución de algo. En el ambito jurídico puede referirse a un efecto de las normas jurídicas en la medida de ilegalizar ciertas actividades o actos.

Sin embargo, comúnmente podemos entender la prohibición como el “NO HAGAS”, establecido por una persona jerárquicamente superior a otra, sin necesidad de ser un entorno jurídicamente constituido.

En esta entrada, podrán notar un marcado interés por referirnos a la prohibición. Intentando estudiar este imperativo hasta la más profunda posibilidad de ello, acercándonos a ideas esencialmente consuetudinarias; humildemente concertadas y desarrolladas por el autor.

Existen tres elementos que constituyen la prohibición:
1- Quien prohíbe: es quien impone la prohibición, establece el impedimento al uso o ejecución de algo.
2- A quien se le prohíbe: es a quien se le impone la prohibición, es la persona sujeta al impedimento de uso o ejecución de algo.
3- La prohibición: es el impedimento mismo, la cosa prohibida.

La prohibición como tal, compone una serie de medidas preventivas que buscan alejar al individuo de la ejecución de lo restringido. Medidas preventivas, que luego, se pueden convertir en medidas intimidantes y en consecuencia la llegada del ultimátum.

El primer fallo impuesto por la prohibición, desde su nacimiento, ha sido la misma imposición. El ser humano no es sencillamente ser humano, el ser humano es tener vida, que es la capacidad de desarrollarse en un ambiente. Cuando algo se le impone a un individuo, se le está obligando a modificar su ambiente, creando la imposición y concentrándose en la prohibición a desarrollar y converger ese ambiente.

Entonces la prohibición crea su más devastadora consecuencia. Al momento preciso de su imposición se concibe la más automática y espontánea relación con lo misterioso. Esto promueve el deseo de conocerlo, y más allá, un deseo más intenso: debido a que lo que se le prohíbe al ser humano es su posibilidad de ser feliz. De este modo, a consecuencia de las restricciones impuestas, surge la curiosidad, el individuo se siente estimulado por el camino a la felicidad, le interviene un incesante deseo de buscarla, agarrarla, tomarla, transitarla y vivirla.

Este deseo incesante de descubrir lo prohibido ha existido en todas las civilizaciones y formas de vidas registradas en nuestra historia; actuando la prohibición, la curiosidad y el deseo de felicidad como un estado natural de las cosas. Donde el punto de equilibrio de la situación de ansiedad impuesta al hombre, desde sus orígenes, a sido ocultada por quienes exigen y demandan el cumplimiento de la prohibición, generando a su vez: tabúes, supersticiones e inhibiciones.

La verdadera opresión de la prohibición se manifiesta cuando esta busca restringir algo ya conocido. En esta situación no surge la curiosidad de conocer y alcanzar lo prohibido, porque ya se ha alcanzado y ya se ha conocido, por lo que la sensación de mantener las cosas como estaban antes de la prohibición es más devastadora que la curiosidad. La pasión que crece y que se empeña en abolir la prohibición, el interés profundo en conservar aquello que se pretende alejar, la extraordinaria firmeza que evoluciona al luchar contra lo que se quiere erigir como imposible, se fusiona en una compleja concentración de caracteres indomables que no detendrán jamás la persecución de los fines.

Éxito: para aquellos que persisten en buscar su felicidad, enmarañándose entre miles de caminos espinosos, estrechos e inseguros, arriesgándose por el todo, sin necesidad de aferrarse a fuerzas sobrenaturales, confiando en sus propias convicciones personales, teniendo fe en las consecuciones de su camino.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Todo calló

Tendido en mi yacija escuchaba algo de Bach, fustigado por el calor parecido a los despiadados ataques de un bieldo por la espalda, pero tratando de mitigarlo con la suave emanación de un airecillo fresco derivado de mi fiel soplillo eléctrico.

A pocos minutos bajo esa condición, sentía una adorable tentación a dormitar durante esa agradable melodía. No solo por la encantadora composición musical, sino también por sencillamente caer rendido en ese estado de reposo, reposo necesario por haber pernoctado la noche anterior.

Así estuve hasta consumirse, aún con los audífonos en mis oídos, accidentalmente desconecte mi maquina de aire, y… escuche el silencio. Todo se convertía en el sonido más lejano, era el sonido más intenso y sin darme cuenta se volvió en el más perfecto, inmejorable. El sonido del silencio, nunca abrumador, jamás agobiante, sus notas se tensaban creando un equilibrio de fuerzas que prohíbe la reflexión de sus movimientos.

El calor repudió el ataque incesante del bieldo en mi espalda y lo depositó en un rincón de mi alcoba. Asustado sentía como cambiaba de arma, de aquel viejo bieldo oxidado a una larga garrocha de punta afilada, que utilizaría para reanudar sus ataques en mi espalda. Conecte el abanico. Ese fue el momento más exacto de todos, la prudencia y sensatez de mi lapso casi se perdía en este instante. El viento producido golpeaba mi rostro y sentía su sonido penetrar los pequeños ángulos entrantes a través de los audífonos y mi piel, produciendo el más sereno y ordenado silbido que lograba colarse hacia mis membranas auditivas.

Ahí lo vi, no era un misil en mi placard, pero ahí estaba. Fue la curiosa sensación de descubrir la mas intensa similitud entre el sonido y el viento, no se pueden ver, pero ahí están por que se sienten.