A pocos minutos bajo esa condición, sentía una adorable tentación a dormitar durante esa agradable melodía. No solo por la encantadora composición musical, sino también por sencillamente caer rendido en ese estado de reposo, reposo necesario por haber pernoctado la noche anterior.
Así estuve hasta consumirse, aún con los audífonos en mis oídos, accidentalmente desconecte mi maquina de aire, y… escuche el silencio. Todo se convertía en el sonido más lejano, era el sonido más intenso y sin darme cuenta se volvió en el más perfecto, inmejorable. El sonido del silencio, nunca abrumador, jamás agobiante, sus notas se tensaban creando un equilibrio de fuerzas que prohíbe la reflexión de sus movimientos.
El calor repudió el ataque incesante del bieldo en mi espalda y lo depositó en un rincón de mi alcoba. Asustado sentía como cambiaba de arma, de aquel viejo bieldo oxidado a una larga garrocha de punta afilada, que utilizaría para reanudar sus ataques en mi espalda. Conecte el abanico.
Ese fue el momento más exacto de todos, la prudencia y sensatez de mi lapso casi se perdía en este instante. El viento producido golpeaba mi rostro y sentía su sonido penetrar los pequeños ángulos entrantes a través de los audífonos y mi piel, produciendo el más sereno y ordenado silbido que lograba colarse hacia mis membranas auditivas.Ahí lo vi, no era un misil en mi placard, pero ahí estaba. Fue la curiosa sensación de descubrir la mas intensa similitud entre el sonido y el viento, no se pueden ver, pero ahí están por que se sienten.

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